Ubicado en la pequeña localidad santafesina de Matilde, con uno 800 habitantes, Molino Matilde S.A. se destaca como un ejemplo de cómo la tradición, la innovación y el compromiso con la calidad pueden trascender fronteras. La empresa, con 132 años de historia, no sólo abastece el mercado local, sino que exporta harina mensualmente a Brasil y lleva adelante un ambicioso proyecto internacional.
«Es un desafío. Un desafío desde el recurso humano, de la infraestructura, de la movilidad. Pero hoy las redes y las conexiones acortan distancias», cuenta Juan Cruz Imhoff, director del molino. A pesar de estar a unos 50 kilómetros de Santa Fe capital, la empresa mantiene una operación sostenida, apoyada principalmente en mano de obra local y de ciudades vecinas como San Carlos Centro.

Lo que comenzó como un molino frente a las vías del ferrocarril se transformó en el motor productivo de la zona. «La empresa tiene 132 años. Es más, el pueblo nace un poco en conjunto con la empresa», detalla Imhoff, quien forma parte del equipo joven que hoy lidera la compañía.
De Matilde a Brasil
Una de las grandes apuestas de Molino Matilde fue salir al mercado internacional. “Allá por el 2000, 2002, empezamos a exportar harinas a Brasil y desde ese momento lo hacemos ininterrumpidamente todos los meses”, explica. La logística terrestre atraviesa Misiones por Bernardo de Irigoyen o Iguazú, lo que permite llegar al sur y centro del país vecino.
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Sin embargo, el proyecto dio un paso más ambicioso: la instalación de un molino en el estado de Piauí, al norte de Brasil, en sociedad con capitales brasileños. «El desafío siempre fue mantener la misma calidad de producto final que ofrecemos aquí en Argentina allá en Brasil», afirma. Para lograrlo, desarrollaron un sistema donde el trigo es mezclado, segregado y limpiado en Argentina, y luego enviado en contenedores hasta el puerto de Pecém, ya listo para su molienda.
Calidad desde el origen
Conscientes de que el trigo panadero de calidad no abunda en la región centro del país, el equipo diseñó un programa de originación con productores locales. «Le ofrecemos al productor la semilla, con un precio muy bonificado, y buenas bonificaciones contra calidad. Así nos aseguramos entre el 50 y el 60% del trigo que usamos al año, con muy buena calidad», describe Imhoff.
La estrategia no sólo promueve la siembra de trigos adecuados para panificación, sino que también educa al productor sobre los parámetros de calidad que busca la industria: gluten, proteína, peso hectolítrico. «A veces el grano que tiene mucho rendimiento en kilos no tiene un buen rendimiento en términos de calidad», explica.
En años con cosechas difíciles, esa relación estrecha con los productores ha marcado la diferencia: “Sinceramente nos hizo la diferencia”, confiesa.

Un modelo exportable
Aunque Molino Matilde ocupa el puesto 17 o 18 a nivel nacional en capacidad, su diferencial está claro: «Apuntamos mucho a ser un producto de calidad, de nicho, alguien que pague la calidad», afirma Imhoff. Y con ese modelo buscan ahora expandirse: están explorando molinos en Perú, Bolivia y otros puntos de Brasil para replicar su esquema de provisión de trigo trazable y estandarizado, al estilo del “trigo canadiense”.
El cierre de Imhoff resume la filosofía del molino: “La verdad que lo que hacemos, lo hacemos con pasión. Nos han hecho mamar esa pasión y entender este concepto de diferenciarse con un producto de calidad y estabilidad. Ese es el camino”.
Desde un pequeño pueblo santafesino, un equipo joven sigue empujando los límites de lo posible. Y demuestra que cuando hay visión, compromiso y calidad, el origen no es un límite, sino una identidad que impulsa.











