La reciente captura de Nicolás Maduro por parte de las fuerzas de Estados Unidos ha marcado un antes y un después en la historia política de Venezuela, generando una fuerte reacción internacional y un escenario de incertidumbre política y económica. La operación, que incluyó ataques militares en Caracas y terminó con el traslado de Maduro a tribunales estadounidenses, ha conmocionado al país caribeño y al mundo, y plantea un contexto complejo para las inversiones y las relaciones comerciales futuras.
En este marco de cambios políticos, se abre una discusión inevitable sobre el papel que podría jugar el sector agrícola venezolano ante eventuales reformas económicas. Venezuela, un país históricamente dependiente de las exportaciones petroleras y con una demanda interna que supera ampliamente la producción local de alimentos, posee un enorme potencial agrícola sin explotar. Allí se sitúa el testimonio de Hernán Torre, productor agropecuario oriundo de Córdoba que reside y trabaja en el Estado Portuguesa, en lo que se considera el corazón agrícola venezolano.
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“Soy cordobés, estoy en Venezuela, en el Estado Portuguesa, la zona núcleo agrícola del país”, relata Torre. Allí, un grupo de unos 20 productores decidió hace tres años conformar una regional que enfocara sus esfuerzos en resolver “los problemas del portón de la finca hacia adentro”. Estos productores se dedican principalmente a arroz, soja, maíz, caña, frijol y ajonjolí, y han venido levantando la productividad y mejorando sus sistemas productivos ante condiciones difíciles.
El actual momento político, marcado por la ausencia de Maduro y la incertidumbre sobre la estabilidad del país tras la intervención estadounidense, ha generado nueva expectativa entre empresarios e inversores. “Este fin de semana tuvimos algunas noticias que impactaron en las expectativas de la gente. La gente hoy tiene una expectativa diferente”, explica Torre. Más allá de la incertidumbre sobre si realmente habrá un cambio económico o político, inversores de Uruguay, Paraguay y Argentina están empezando a mirar a Venezuela con atención en busca de oportunidades.
Torres identifica tres ejes clave que atraen interés: el potencial ambiental, la brecha de productividad y el riesgo climático.
“Si hablamos de soja, el potencial ambiental en Venezuela es de 5,8 toneladas por hectárea”, destaca, mientras que la producción actual ronda un promedio de apenas 1,8 toneladas, lo que revela una brecha de crecimiento cercana a 4 toneladas por hectárea. “Es muchísimo”, afirma, subrayando que “un inversor puede crecer 4 toneladas en soja dentro de Venezuela”.
Además, el país goza de muy bajo riesgo climático, medido por su coeficiente de cosecha, debido a la escasez casi total de fenómenos severos como granizadas, heladas o tormentas que pongan en riesgo los cultivos. “Aquí no hay riesgo climático importante”, señala, lo que convierte a Venezuela en un territorio atractivo desde el punto de vista agronómico.
Venezuela cuenta con alrededor de 24 millones de hectáreas agrícolas disponibles, a las que se suman vastas superficies aptas para la ganadería. Gran parte de esa tierra permanece sin explotar o con niveles de producción muy por debajo de su potencial. Ante esto, Torre es optimista: “El potencial de crecimiento y desarrollo es muy grande”, afirma. Sin embargo, reconoce que todo dependerá del rumbo político y económico que tome el país en los próximos meses.
Actualmente, Venezuela no logra cubrir la demanda interna de ninguno de sus cultivos principales, por lo que depende de importaciones. De concretarse cambios estructurales que permitan la entrada de capitales y la modernización del sector agrícola, las oportunidades para productores locales y extranjeros podrían ser significativas.
“Estén pendientes de lo que viene, porque va a haber muy buenas oportunidades en Venezuela”, concluye Torre con un mensaje de esperanza en medio de la compleja coyuntura que vive la nación sudamericana.









