Aldo Rudi, en pocas palabras, es lo que hoy decimos en la calle: «UN CRACK». De los primeros agrónomos en aplicar con aviones, de los fundadores en Río Cuarto y el país de lo que se conoce como agronomías, con la legendaria Agrovet Río Cuarto, de los que cualquier Ingeniero Agrónomo se queda escuchándolo horas cuando cuenta la historia de las Langostas Tucuras, y así podemos seguir escribiendo durante días las obras y los conocimientos del gran Aldo Rudi. Ah!, no queremos olvidar que hoy es un gran amante de la agroforestación y que cuenta con su propio «Arboretum» , un gran productor de madera y que además es el creador del sistema de lagunas facultativas para tratamientos de efluentes cloacales, que «la política» no lo tomó en ciudades como Río Cuarto. Podemos seguir , pero vamos a la nota.
Un relato que también explica cómo nació su vocación por la agronomía y que rescata la cultura del trabajo de los pioneros del campo argentino. Hay historias que merecen ser contadas porque ayudan a comprender cómo comenzó a escribirse buena parte del desarrollo agrícola argentino. Son relatos que, con el paso del tiempo, adquieren un valor documental difícil de reemplazar. Y más aún cuando quien los escribe es uno de los ingenieros agrónomos más prestigiosos del país.
Con 95 años, el ingeniero agrónomo Aldo Ennio Rudi, nacido en Río Cuarto en 1931 y criado en la localidad de Olaeta, decidió dejar por escrito uno de los recuerdos más importantes de su vida: cómo llegó el cultivo del girasol al sur de Córdoba y cómo aquella experiencia terminó marcando para siempre su destino profesional.
En su relato, Rudi recuerda que durante la década del cuarenta el trigo dominaba absolutamente la producción agrícola de la región. Sin embargo, su padre, el médico Ennio Rudi, tenía una mirada inquieta sobre el desarrollo agropecuario y mantenía contacto con distintas instituciones nacionales en busca de nuevas alternativas productivas para los chacareros de la zona. Fue así como recibió información del entonces Ministerio de Agricultura de la Nación sobre un cultivo prácticamente desconocido para aquellos campos: el girasol.

Después de varios intercambios de correspondencia, el organismo decidió enviar semillas y un ingeniero agrónomo para llevar adelante una experiencia de siembra. El productor elegido fue Juan Amione, un agricultor de la Colonia Don Ovidio Lagos que ya había preparado cuidadosamente un lote de aproximadamente cinco hectáreas.
Rudi describe con admiración el manejo que realizó Amione: un barbecho meticuloso, sucesivas labores para conservar la humedad del suelo y una adaptación artesanal de una sembradora de trigo para implantar el nuevo cultivo a una distancia entre hileras que sorprendió incluso al profesional enviado por el Ministerio. Aquel episodio fue mucho más que una simple siembra. Para el joven Aldo, que estaba a punto de cumplir 15 años, significó descubrir la profesión que lo acompañaría toda la vida.
Él mismo reconoce que escuchó con atención cada explicación del ingeniero agrónomo y que aquella experiencia despertó definitivamente su vocación. Décadas después se convertiría en uno de los referentes técnicos más importantes de la agronomía argentina.

La campaña 1945/46 resultó un éxito
Según recuerda Rudi, el lote rindió alrededor de diez quintales por hectárea, permitiendo obtener unas cinco toneladas de semilla que fueron cuidadosamente acondicionadas, clasificadas, embolsadas y despachadas por ferrocarril hacia Buenos Aires, en cumplimiento del convenio firmado con el Ministerio de Agricultura. Ocho décadas más tarde, el ingeniero considera que aquella producción constituye una referencia histórica entre las primeras multiplicaciones oficiales de semilla de girasol realizadas en el país.
Una historia de inmigrantes y de gente de trabajo
El escrito va mucho más allá de esa historia. También es un homenaje a la cultura del trabajo de los inmigrantes que poblaron el sur cordobés. Rudi rescata especialmente el conocimiento agronómico de los colonos piamonteses, quienes transmitían de generación en generación prácticas de manejo del suelo que luego encontraría explicadas científicamente durante sus estudios universitarios en la Universidad Nacional de La Plata.
Una de esas enseñanzas era la importancia de romper la costra superficial después de cada lluvia para conservar la humedad del perfil, una práctica que Juan Amione resumía diciendo simplemente: «para que no se escape el agua». El ingeniero también repasa la evolución posterior del girasol en Río Cuarto, recordando el crecimiento de la industria aceitera, el desarrollo de empresas dedicadas al acondicionamiento de semillas y su propia participación en emprendimientos pioneros como Agrovet y Panoja, desde donde impulsó tecnologías de producción de semillas y estableció vínculos con compañías internacionales de mejoramiento genético.
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En las últimas páginas de su trabajo también deja constancia de los desafíos sanitarios que acompañaron al cultivo durante su expansión, desde la aparición de la isoca medidora hasta el crecimiento explosivo de la paloma torcaza, una plaga que obligó a desarrollar distintas estrategias de manejo y que incluso dio origen, años después, a una particular actividad vinculada al turismo cinegético en la provincia de Córdoba.

A sus 95 años, Aldo Rudi no solo recupera una historia familiar. También aporta un documento de enorme valor para la memoria agrícola argentina. Su testimonio permite entender cómo, detrás del crecimiento de uno de los cultivos más importantes del país, hubo productores, profesionales y visionarios que apostaron por la innovación cuando el girasol apenas era una promesa para los campos del sur de Córdoba.


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